09 Aug, 2026

El secreto que solo guardo para mí en la regadera

El secreto que solo guardo para mí en la regadera

La casa duerme y el reloj de la cocina marca las seis menos cuarto de la mañana. Me deslizo de la cama con el sigilo de quien conoce de memoria dónde cruje el suelo. No enciendo luces. Camino hacia el baño guiada por la leve claridad que entra por la ventana del pasillo.

El sonido del agua al caer contra los azulejos rompe el silencio profundo de la madrugada. Dejo que se caliente hasta que el vapor empaña el espejo, creando mi propio refugio, opaco y privado. Entro y cierro la mampara. En este preciso instante, el mundo exterior deja de existir. No hay correos por responder, no hay listas de la compra, no soy empleada, no soy pareja, no soy hija. Aquí dentro, solo soy un cuerpo que necesita calor.

El agua me golpea la nuca, derritiendo la tensión acumulada de un sueño que nunca parece ser suficiente. Tomo el jabón de lavanda y lo paso lentamente por mi clavícula, bajando por mis brazos, mis senos, mi abdomen. Mis movimientos no son apresurados ni utilitarios. A diferencia del resto del día, donde mi cuerpo es una máquina de hacer cosas, aquí es un receptor de sensaciones.

Alcanzo una pequeña repisa oculta detrás de los botes grandes de champú. Allí descansa mi pequeño secreto, un discretísimo dispositivo de silicona que compré tras leer sobre herramientas de bienestar íntimo en una revista. Lo enciendo, y el suave zumbido se camufla a la perfección con el ruido del agua cayendo.

No busco un orgasmo explosivo ni una fantasía complicada (eso ya lo exploramos y compartimos, a nuestro ritmo, aprendiendo cómo hablar de fantasías con la pareja). Lo que busco en estos siete minutos sagrados bajo la ducha es una descarga de tensión pura. Es un parpadeo del sistema, un reinicio. La vibración concentrada me obliga a exhalar profundamente, a tensar los dedos de los pies contra la cerámica mojada, a habitar mi pelvis con una intensidad que ahuyenta cualquier otro pensamiento.

El clímax llega como una ola cálida que se funde con el agua de la regadera. Es breve, intenso y profundamente mío. Nadie me lo pidió, nadie me miró, no tuve que preocuparme por complacer a nadie más que a la mujer que respira agitada bajo el agua.

Apago el dispositivo y lo vuelvo a ocultar. Me aclaro el pelo. Salgo de la ducha, me envuelvo en la toalla y borro el vaho del espejo con la mano. La mujer que me devuelve la mirada tiene las mejillas encendidas y los hombros dos centímetros más bajos. El mundo allá afuera puede comenzar su caos. Yo ya gané la primera batalla del día. Me he dado, a mí misma, el primer acto de amor de la mañana.

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