La cita más importante del año fue conmigo misma
El recordatorio saltó en la pantalla de mi celular: "Sábado 20:00 - Cena en La Trattoria". Había hecho la reservación hace semanas, imaginando una cena romántica o una salida con amigas. Pero las amigas cancelaron por gripes infantiles, y mi pareja estaba fuera por un viaje de negocios ineludible. La voz práctica en mi cabeza me instó a cancelar la mesa y pedir pizza para comer frente al televisor. Era lo sensato.
Pero mientras iba a deslizar el dedo sobre la palabra "Cancelar", me detuve. ¿Por qué el esfuerzo de arreglarme, salir y disfrutar de un buen vino tenía que estar supeditado a la presencia de otra persona? ¿Acaso mi propia compañía no valía el precio de la cuenta?
Esa tarde, me preparé con una lentitud inusual. Escogí mi perfume favorito, ese que suelo guardar "para ocasiones especiales". Me puse un vestido en el que me sentía hermosa, no para que nadie me mirara, sino para mí. Me apliqué mi hidratante habitual (porque el bienestar, como había aprendido a la mala, empieza desde el cuidado de la propia piel) y salí por la puerta sintiendo un nudo de nervios en el estómago.
Llegar al restaurante y decir "Mesa para una" fue el primer obstáculo. El mesero me miró con esa mezcla de pena y curiosidad que la sociedad reserva para las mujeres que cenan solas un sábado por la noche, asumiendo siempre que nos han dejado plantadas. Me ofreció sentarme en la barra. "No, gracias", respondí, irguiendo la espalda. "Quiero la mesa junto a la ventana que reservé".
Los primeros veinte minutos fueron incómodos. Mi instinto me gritaba que sacara el celular para parecer ocupada, para demostrarle al mundo que yo era importante. Luché contra el impulso y dejé el teléfono en el fondo de mi bolso.
Y entonces, sucedió. Mientras tomaba la primera copa de vino, dejé de prestar atención a las miradas ajenas y empecé a saborear la experiencia. Observé a la gente, escuché el tintineo de los cubiertos, degusté el plato de pasta con una lentitud casi meditativa. Sin tener que sostener una conversación, el protagonismo recayó en mis sentidos. Todo sabía más fuerte, todo se sentía más vívido.
Al pedir el postre, una sonrisa se me escapó sola. Estaba disfrutando inmensamente de mi mente. Recordé que era una mujer interesante, que me gustaba estar conmigo, que tenía pensamientos complejos y divertidos que a menudo ahogaba en el afán de complacer a mis interlocutores.
Pagué mi cuenta y caminé de regreso a casa bajo el aire fresco de la noche. Esa cita conmigo misma me enseñó que la validación que busco desesperadamente afuera, ya reside dentro de mí. Si puedo disfrutar así de mi propia soledad, cualquier compañía que elija de ahora en adelante será verdaderamente una elección, y nunca más una necesidad de rescate.