La noche que apagué la luz para encender mis sentidos
Llevábamos meses en esa extraña coreografía. Él se acercaba, las caricias se hacían más lentas, el ambiente más denso. Mi mente, que durante el día era brillante y enfocada, en esos momentos se fragmentaba. Una parte intentaba dejarse llevar por el calor, pero otra, mucho más ruidosa, empezaba la narración en segundo plano: "Asegúrate de meter el estómago", "No te pongas en esa postura, la luz da directo en la celulitis", "¿Llevo demasiado tiempo gimiendo igual?".
Esa vocecita era mi sombra en la habitación. Una ansiedad por desempeño femenina de libro. Yo no estaba ahí con él; estaba arriba, flotando cerca de la lámpara, evaluando la escena como si fuera una audición para una película en la que siempre sentía que daría la talla justa.
Una noche de invierno, la tormenta arreciaba fuera. Estábamos bajo las mantas pesadas, el frío invitando a buscar el contraste. Cuando sus manos bajaron por mi cintura, mi estómago se contrajo, instintivamente, preparándose para la evaluación. Pero entonces, la tormenta hizo lo suyo: un trueno sordo, y la habitación quedó sumida en la oscuridad absoluta. El corte de luz fue repentino.
Él se detuvo un segundo. Escuché su risa baja en la oscuridad. "Perfecto", murmuró, volviendo a acercarse.
Al principio me tensé, pero la negrura era total. No había farolas encendidas afuera, no había luz en el pasillo. No podía ver mis muslos. No podía ver el ángulo de mi mandíbula. Más importante aún, no podía ver sus ojos escrutándome, o al menos eso es lo que mi inseguridad siempre imaginaba que hacían.
Privada del sentido de la vista, mi cerebro entró en un estado de desorientación momentánea. Y luego, el milagro. Sin el estímulo visual para juzgar mi propio cuerpo, mi mente se rindió. Ya no tenía nada que auditar. Solo quedaba el tacto.
La textura de sus sábanas de franela. El contraste térmico de sus manos frías sobre mi espalda tibia. El sonido grave de su respiración muy cerca de mi oreja. Sentí, con una claridad abrumadora, la presión de sus dedos, la fricción, el calor. Mi consciencia descendió de la lámpara del techo y aterrizó de golpe en el centro de mi pelvis.
Esa noche me perdí en la cadencia. Dejé de intentar dirigir la escena para lucir bien, dejé de coreografiar mis movimientos. El placer que experimenté fue crudo, profundo y, sobre todo, presente. No había meta, no había "rendimiento", solo estábamos él, yo, y un mar de sensaciones oscuras y envolventes.
A la mañana siguiente, con la luz del día filtrándose implacable, lo miré mientras dormía. Me sentí ligera. Había descubierto que mi cuerpo no necesitaba ser perfecto para ser profundamente capaz de recibir y dar placer. A veces, la mayor revolución es simplemente cerrar los ojos para poder, al fin, sentir de verdad.