Mi primer masaje a los cuarenta y dos: lo que no me atrevía a preguntar
Relato ilustrativo.
Tardé veinte años en reservar un masaje. No lo digo con orgullo; lo digo porque sé que no soy la única. Tenía mil excusas: que no tenía tiempo, que era un gasto innecesario, que me daba pena que alguien me viera sin ropa. Pero la excusa de verdad era otra: no me sentía una mujer que mereciera esa hora.
Soy contadora y tengo dos hijos adolescentes. Mi semana se mide en cierres, juntas de padres y trayectos entre San Nicolás y el centro. Mi cuello, desde hacía meses, se sentía como una cuerda tensa. Mi hermana me lo dijo con cariño un domingo: «Pareces una piedra, hermana». Esa noche, ya con los niños dormidos, escribí por WhatsApp para preguntar. No me acuerdo de qué esperaba que me contestaran; me contestaron con una amabilidad que me desarmó.
Me hicieron las preguntas que yo no me atrevía a hacer. Qué ropa llevar. Qué pasa con la privacidad. Si tenía que quitarme todo. Me explicaron, con una paciencia enorme, cómo funcionaba: me iban a cubrir con sábanas todo el tiempo, solo se descubriría la zona que estuvieran trabajando. Y que yo podía decir «para» en cualquier momento. Esa frase, «puedes parar cuando quieras», me acompañó todo el camino.
El día de la cita
Llegué quince minutos antes y me quedé en el coche respirando. Me sentí ridícula y me dio risa. Entré. La recepción olía a algo suave, lavanda, creo, y sonaba una música tan bajita que parecía parte del aire. Me ofrecieron agua y una infusión. Dije que no a todo, por nervios, y a los cinco minutos ya me estaba tomando la infusión.
La terapeuta se presentó, me preguntó si tenía alguna molestia, y le conté lo del cuello. Le dije también, casi sin pensarlo, que me daba pena. Ella sonrió y me dijo que la mayoría de las mujeres que llegan por primera vez dicen lo mismo, y que no tenía que explicar nada. Salió de la cabina para que me acomodara. Me desvestí despacio, me metí bajo la sábana tibia y escuché cómo tocaban la puerta antes de entrar. Ese pequeño detalle, ese toque a la puerta, fue lo que terminó de calmarme.
Lo que sentí
Los primeros diez minutos no pude dejar de pensar. En el correo pendiente, en la cena, en si estaba respirando bien. Y de pronto, sin darme cuenta, dejé de pensar. No fue dramático. No hubo lágrimas ni revelaciones. Fue más sencillo: mi cuerpo, que llevaba años en modo guardia, se soltó un poco.
Cuando la terapeuta llegó a mis hombros me dijo, con tono bajo, que ahí se me acumulaba mucho. Le dije que sí, que ahí vivía mi trabajo. Rió. Presionó con firmeza, preguntó si estaba bien la presión, y yo, que nunca pido nada, le pedí que fuera un poco más suave. Lo hizo sin ninguna incomodidad. Descubrí que pedir lo que necesito no rompe nada.
Al final me dejó unos minutos sola. Abrí los ojos y me costó recordar dónde estaba. Salí despacio, me volví a poner mi ropa y descubrí algo curioso: me sentía ligera, pero también tranquila, como cuando termina una tormenta y el aire queda limpio.
Lo que cambió después
No me curé de nada ni me volví otra persona. Dormí mejor esa noche, eso sí. Y al día siguiente me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, había hecho algo solo por mí sin pedirle permiso a nadie, ni a mi agenda ni a mi culpa.
Hoy voy una vez al mes. Lo anoto en mi calendario como una junta importante, porque lo es. Y cuando mis amigas me dicen que no tienen tiempo, no las sermoneo: les cuento lo del toque en la puerta, lo de «puedes parar cuando quieras», y les digo que lo más difícil no es la hora del masaje, sino atreverse a escribir el primer mensaje.
Si estás dudando como yo dudé, te digo lo que me hubiera gustado que alguien me dijera: no tienes que merecerlo primero. Basta con que lo necesites.