09 Aug, 2026

Cuando mi cuerpo dijo basta: la dolorosa ruta hacia mí misma

Cuando mi cuerpo dijo basta: la dolorosa ruta hacia mí misma

Me enorgullecía mi umbral del dolor. Siempre fui de las que se tomaba un ibuprofeno y seguía adelante. Cólicos menstruales, migrañas por estrés, tensión en los hombros... todo era "parte de ser mujer" y no debía interponerse en mis responsabilidades. Había domesticado mi cuerpo para que obedeciera mis horarios, tratándolo más como un vehículo de carga que como mi hogar.

Pero el cuerpo, cuando es silenciado constantemente, no se rinde; simplemente eleva el volumen. Y el mío decidió gritar a través del dolor lumbar crónico y una dispareunia (dolor pélvico) que volvía la intimidad un martirio (una condición que luego entendería mejor al leer sobre por qué duele la intimidad).

Llegó un punto en el que el dolor de espalda baja era tan agudo que me costaba levantarme de la silla del escritorio. Fui a varios médicos, me hicieron resonancias. Diagnóstico: "Físicamente no hay nada roto, es estrés muscular severo". Me recetaron relajantes y reposo.

El reposo forzado fue mi peor pesadilla. Acostada en la cama, sin poder "hacer" nada productivo, tuve que enfrentar de golpe todo lo que había estado evadiendo al mantenerme ocupada. El duelo por una relación que no funcionaba, el miedo a decepcionar a mis padres, el pánico a envejecer sin haber logrado mis propias expectativas.

Fue una terapeuta holística, experta en liberación pélvica y somatización, quien puso el dedo en la llaga, literalmente. Durante mi primera sesión de masaje, al presionar suavemente mi abdomen bajo y pedirme que respirara, no sentí dolor físico, sentí un terror repentino. Me eché a llorar desconsolada, soltando sollozos roncos que llevaban años atorados en mi pecho.

Descubrí que mi pelvis estaba acorazada. Había contraído esos músculos inconscientemente durante tanto tiempo como escudo protector contra el mundo emocional, que ahora estaban tan rígidos como una piedra. Mi cuerpo me había protegido cerrando sus puertas, endureciéndose para aguantar los golpes de mi autoexigencia.

Sanar ese dolor no requirió más medicamentos, sino un profundo acto de rendición. Tuve que aprender a ser vulnerable conmigo misma. A decir "no puedo con esto" sin sentir vergüenza. A pedir abrazos cuando sentía miedo, en lugar de apretar los dientes. La sanación comenzó el día en que dejé de ver a mi cuerpo como a un enemigo rebelde al que tenía que someter, y empecé a tratarlo como a una amiga asustada a la que tenía que consolar.

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