09 Aug, 2026

Volver a tocarme: el reencuentro con mi cuerpo después de ser madre

Volver a tocarme: el reencuentro con mi cuerpo después de ser madre

La maternidad es una ocupación territorial. Al menos, así la viví yo. Durante el embarazo, compartí mi espacio vital. Al dar a luz, mi cuerpo se convirtió en territorio de paso, de alimento, de consuelo constante. Sentía que mis senos, mi regazo y mis brazos le pertenecían a esa pequeña criatura que dependía de mí para sobrevivir. Mi piel ya no era el límite donde yo terminaba, era el inicio de las necesidades de alguien más.

A los ocho meses del posparto, el cansancio era una sombra pegada a mis talones. Y cuando mi pareja, en medio de la noche, deslizaba una mano por mi cintura con intenciones dulces, mi reacción automática era tensarme. "Por favor, no me toques", pensaba, aunque no lo decía. Experimentaba una sobrecarga sensorial tan profunda que cualquier roce extra me provocaba irritabilidad. Mi cuerpo, simplemente, reclamaba autonomía. Reclamaba estar vacío y cerrado al tacto por un rato.

Fue durante una ducha, uno de esos escasos y preciados momentos donde el baño se convierte en un refugio impenetrable, cuando algo hizo clic. Al enjabonarme los hombros, me detuve. Mi mano recorrió mi clavícula, sintiendo la textura de la piel bajo el agua caliente. Hacía meses que no me tocaba con intención. Todo era utilitario: lavarme rápido, vestirme rápido, secarme rápido.

Cerré los ojos bajo el chorro de agua. Dejé resbalar las manos por mi abdomen, recorriendo la línea oscura que el embarazo había dejado, la suavidad flácida de una piel que se había estirado hasta el límite. Y en lugar de apartar la mano con la decepción habitual, la dejé ahí reposar. Sentí el latido, la respiración profunda.

Entendí que estaba esperando que mi deseo volviera de la noche a la mañana, como si nada hubiera pasado. Que estaba forzando a mi cuerpo a rendir en la intimidad compartida (con miedos reales de que se sintiera como si tuviera que aprender cómo recuperar el deseo después del parto desde cero) sin haber recuperado primero la intimidad propia.

Esa tarde, cuando el bebé por fin durmió su siesta larga, no me puse a limpiar la casa. Cerré la puerta de la habitación. Saqué del cajón un aceite de almendras y, con muchísima lentitud, me di un masaje en las piernas, en las caderas, en el vientre. Me tomé el tiempo de recordarle a mi sistema nervioso que el tacto no siempre era una demanda, que también podía ser nutrición, cuidado, placer simple.

Fue un acto de reapropiación. Lloré un poco, reconozco, porque el reencuentro dolió, como duele descongelar unas manos entumecidas por el frío. Volver a habitar mi piel fue el primer paso, el único posible, para poder luego compartirla. Esa fue mi primera cita real después de meses: una cita conmigo misma, en silencio, descubriendo que bajo la capa de madre inagotable, la mujer sensual y vital seguía allí, esperando pacientemente ser reclamada.

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