Tener un deseo sexual elevado es, por norma general, un signo de vitalidad, un sistema endocrino sano y buena salud cardiovascular. En sexología, no existe un límite máximo estandarizado para la libido "normal". El volumen del deseo solo se patologiza cuando cruza la línea hacia la hipersexualidad o la conducta sexual compulsiva.
La hipersexualidad clínica se diagnostica cuando el impulso sexual domina el control cognitivo de la persona, llevándola a incurrir en conductas de riesgo, descuidar sus obligaciones financieras o laborales, y utilizar el sexo como el único mecanismo de regulación emocional frente al estrés o la tristeza. Fuera de este cuadro, el verdadero conflicto suele radicar en la discrepancia de deseo dentro de una pareja. En estos casos, el problema no es que una persona tenga "demasiado" deseo, sino la falta de sincronía. Esto se gestiona mediante la despersonalización del rechazo, la masturbación para suplir la diferencia y la programación de encuentros consensuados.