El estrés crónico es el enemigo biológico número uno de la libido. Los niveles elevados de cortisol indican al sistema nervioso que el cuerpo está en modo de supervivencia, desactivando funciones biológicas no esenciales, incluida la respuesta sexual. Un masaje relajante actúa como un interruptor fisiológico para revertir este estado.
El contacto prolongado sobre la piel estimula los mecanorreceptores, disminuyendo el ritmo cardíaco e induciendo la liberación de oxitocina, hormona ligada al apego y la seguridad. Recibir o dar un masaje sin la presión de culminar en coito permite a la persona reconectar con su propio cuerpo. Esta práctica de atención plena somática ayuda a reconfigurar la respuesta sensorial, logrando que el cuerpo vuelva a asociar el tacto con el placer seguro, lo cual es el primer paso indispensable para reactivar el deseo sexual latente.